Afortunadamente, una alimentación adecuada y la práctica regular de actividad física garantizan la reducción del peso que está directamente relacionado con el control de las enfermedades cardiovasculares. El descenso de peso, tendiente hacia una normalización, junto con la modificación del contorno de cintura tiene efectos muy positivos sobre la salud cardiovascular.

Existen 2 indicadores que pueden ayudarte a conocer tu riesgo asociado a la obesidad.

Por un lado está el Índice de masa corporal (IMC) que es un índice que relaciona el peso de una persona con su altura. A pesar de que no hace distinción entre los componentes grasos y no grasos de la masa corporal total, éste es el método más práctico para evaluar el grado de riesgo asociado con la obesidad.

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Por otro lado, medir el Perímetro de Cintura es especialmente importante ya que se ha demostrado que la grasa abdominal es un factor de riesgo independiente del IMC para el desarrollo de enfermedad cardiovascular. La obesidad central (grasa acumulada en el abdomen) puede generar resistencia a la insulina y otras alteraciones en el metabolismo que se relacionan directamente con la hipertensión, la dislipemia y la diabetes.

El descenso de peso, tendiente hacia una normalización, junto con la modificación del contorno de cintura tiene efectos muy positivos sobre la salud cardiovascular.

La obesidad es un factor de riesgo cardiovascular que debe ser atendido tanto en los niños como en los adultos. Por eso, desde la Fundación de Ayuda al Cardiaco hacemos especial énfasis en la importancia de desarrollar un estilo de vida saludable en donde la práctica regular de actividad física y una alimentación equilibrada y saludable sean un hábito adquirido desde la infancia.

Para disminuir el riesgo cardiovascular, la alimentación debería ser:

Baja en grasas de origen animal y grasas artificiales. Las grasas saturadas se encuentran en los cortes con grasa de las carnes, productos horneados de panadería, frituras y alimentos procesados. Las grasas trans están en productos con proceso. Ambos tipos de grasa aumentan el nivel de LDL, o el colesterol “malo”.

Alta en omega 3: los alimentos altos en ácidos grasos omega 3 incluyen pescado y semillas de chía y lino.

Alta en fibra: en grano entero, frutas y verduras. Una alimentación rica en estos elementos ayuda a disminuir el colesterol LDL así como también provee nutrientes que pueden ayudar a proteger de las enfermedades cardiovasculares.

Baja en sal y azúcar: una alimentación baja en sodio puede ayudar al manejo de la presión arterial, mientras que la alimentación baja en azúcar puede ayudar a evitar ganancia de peso y controlar la diabetes y el síndrome metabólico.